jueves, 23 de febrero de 2012

Articulos de Relevancia

Juan José Vega.
 
RÉQUIEM PARA UN AMIGO.
 
Escribe: José Carlos Vilcapoma
 
De cara al cielo, con mirada erguida y orgullo sin par por lo inca, de quienes decía eran sus antepasados, al que le sumaba el color de allende los mares, marchó a otra batalla. El hombre de la Guerra de los Viracochas, con frente chola, que embellecía su rostro barbado al estilo de los guerreros del siglo XVI, marchó admirando a Rumiñahui, el gran estratega de Atahuallpa, que inspiró su teoría, que la conquista no había culminado con la captura de Cajamarca, para decirnos que había que escribir la historia de los vencidos. Un militante peruanista cuyo punto de vista no le fue perdonado.
Las retamas del Mantaro, a donde acudió, innumerables veces, las cantutas en el viejo camino de Vitcos, en Vilcabamba, los ichus de Pasco, buscando las huellas de Huaricapcha, y los totorales de los Uros, en el Titicaca, entre tantos otros, se inclinarán reverentes y exhalarán sus perfumes para dejar pasar la huellas de sus pasos, a la sombra de sus crónicas, de quien siempre buscó reivindicar la historia de los pueblos. En tales recorridos su pluma era incesante y las fichas su compañera.
La historiografía tradicional del ‘60, no le perdonó que admirara al indio Don Felipe Huamán Poma de Ayala, de quien dijo era el agudo cronista y gran dibujante. Tampoco que a sus 28 años, lidiara con las tradicionales posiciones hispanistas de Porras, por demostrar que los últimos incas de Vilcabamba, habían tenido dignidad, desde Manco Inca, el rebelde, hasta Túpac Amaru I, muerto en 1571. La Guerra de los Viracochas, resultado de esta posición, apareció en Populibros de Manuel Scorza en 1963. En confesión sincera, se declaraba discípulo de personajes de la historia, más que de algún patriarca sagrado de su época. Esta posición, para algunos, era un pecado más.
No le tuvo miedo, a esta etapa sangrienta, de la lucha y resistencia anticolonial. Fue el que escribió más páginas sobre José Gabriel Túpac Amaru, de quien decía fue "un hombre sin miedo y sin tacha, admirado por Bolivar y San Martín", que por su arrojo contra el Imperio Español, debía considerarse el peruano más importante en la historia universal. En esta línea escribió en 1967, la primera bibliografía sobre este personaje, en 1969 Túpac Amaru, en 1982 Tupacamaristas puneños, en 1983 Guerras de la gesta tupacamarista, en 1984 Diego Cristóbal Túpac Amaru, en 1993 El Proyecto Económico de los Túpac Amaru y en 1995 los dos tomos de Túpac Amaru y sus compañeros.
Más de un centenar de libros y artículos, acompañan esta larga lucha, que no lo distrajo en escribir temas regionales o locales. Obras dedicadas a los Viajeros en Pasco, Pizarro en Piura, Los huancas aliados de la conquista, Cáceres en el Mantaro, entre tantos, dicen de por sí que el Perú era suyo, sin mencionar otras crónicas como La Relación de Quipucamayos, Garcilaso el Cronista o temas de Peruanidad e Identidad y de Folklore. Pocos saben que ha escrito hermosos textos de Historia Universal para la secundaria. Su último libro Rodrigo Orgoños, el Mariscal Judío, demuestra cómo las comunidades judías de América Latina, se habían identificado con los pueblos que los habían acogido.
Abogado, historiador, periodista. Sobre todo maestro, había pasado por casi todos los lugares. Fue además, alcalde de Miraflores, Director del Diario Expreso y El Comercio, desde donde publicó páginas en quechua, que nunca le perdonarían; Fue Sub Director Nacional de Cultura, al lado de José María Arguedas y Rector de La Cantuta, Universidad a la que le fue siempre fiel hasta el último de sus días.
Empero, como contradiciendo las jerarquías, fue un hombre de bondad de clase. Solía atender a los estudiantes más necesitados, a quienes como premio les prestaba alguno de los miles de libros y fichas clasificadas, que hoy le reclaman. En sus viajes solía, por ley, visitar los mercados, conversar con las personas más antiguas y buscar papa sancochada, al estilo de Huatiacuri, héroe de Huarochirí, que sólo comía papas cocidas debajo de la tierra.
Con su partida también los instrumentos de agitarán más y más. Las tijeras de los danzaq Qory Sisicha y Jarjaria, sus amigos, las cuerdas de la guitarra de Roger Jerí, en el Mantaro, el piano de Manuel Calmet y las composiciones del Mocho Chávez, quedarán al olvido. Manuel Acosta Ojeda, no tendrá eco y Zuli Azurín ya no evocará la melodía del Alberja saruy. Era amigo del huayno, de la marinera y de la música negra. Su memoria se lleva la tertulia del Palermo; empero en el Juanito de Barranco todavía se escucha su alegre y marcada conversación. Los salones de todos lados seguirán esperando sus conferencias magistrales y sus alumnos los horizontales consejos.
Y nosotros, tus amigos, seguiremos caminando juntos, conversando en la soledad de tu ausencia, asidos de tu imagen. Amigos una forma misteriosa de ser feliz y hoy un dolor que sólo sienten los que lo son.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
JOHN MURRA HA MUERTO
Por: José Carlos Vilcapoma*
 
Recuerdo nítidamente cuando John Murra nos enseñaba las cicatrices del antebrazo, orgulloso para rememorar su participación como voluntario al lado de los republicanos en la guerra civil española y en línea de combate en entre 1937 y 1938, después de haber estado en prisión a los dieciocho en el ascenso de Hitler al poder donde la Guardia de Hierro rumana exigía pureza racial. Era 1974, éramos muy jóvenes y estaba entre nosotros en un Congreso Internacional del Hombre y la Cultura Andina. Como buscando interpretar su propia pasado diría que aquello lo había marcado para convertirse en antropólogo, una forma de ocupación y de ganarse la vida observando las diferencias en cárceles como en culturas. Por eso diría que El Sexto de José María Arguedas le era conmovedoramente familiar.
John Murra ha muerto. Uno de los clásicos de la antropología andinista, que no le tuvo temor a la historia, pues desarrolló lo que más adelante se llamaría etnohistoria, una forma de utilizar fuentes del siglo XVI para comprender las culturas contemporáneas. Así escudriñó la visita de Iñigo Ortiz de Zúñiga a Huánuco en 1562, funcionario que no sólo entrevistó a autoridades étnicas de los llamados "Caciques y Principales", sino que visitó los pueblos casa por casa, indagando la forma de producción e intercambio agrícola; complementó su estudio con otra visita como la de Garcí Diez de San Miguel, en Chuchito en 1567, y planteó su teoría, después de un arduo trabajo etnográfico entre nuestras comunidades, que los pueblos prehispánicos desarrollaron una forma peculiar de propiedad, el control vertical de un máximo de pisos ecológicos, es decir, la importancia de microclimas en dimensión vertical para vencer la agreste geografía que nos hubo tocado.
Este erudito también ha enfatizado sus estudios, entre otros, en fuentes coloniales, relaciones, diarios, censos, de quechuas y aymaras. Ha completado el estudio sobre el autor de la primera gramática y diccionario quechua Domingo de Santo Tomás y del cronista Polo de Ondegardo. Sin embargo, lo más cercano a nosotros, es el monumental trabajo de la edición comentada de Nueva Crónica y Buen Gobierno de los Incas del cronista indio Felipe Guamán Poma de Ayala, trabajo que le costó más de veinte años. Y como para adentrarnos en el alma indígena y nacional, haciendo honor a su amistad con José María Arguedas –amigos, una forma misteriosa de ser feliz-, publicó al lado de Mercedes López-Baralt, las cartas de Arguedas, una forma peculiar de decirnos que los íconos e intelectuales paradigmáticos, también tienen una vida personal e íntima. Edición muy criticada, pues se volvía a poner al tapete de cuál era el límite de lo personal y de lo público, tratándose de una figura como Arguedas, empero ilustrativa y complementaria que se sobreponía a las biografías románticas y pasadistas, que según Mario Vargas Llosa eran parte de la Utopía Arcaica.
Defendió a Arguedas en sus momentos críticos cuando en el Instituto de Estudios Peruanos fue atacado por los "intelectuales militantes" por sus obras de ficción, pues pretendían que toda creación debiera ser "armas de combate". Sin embargo, según Murra, nuestro novelista no se amilanó, persistió en su poesía quechua y cambió San Marcos por la Agraria. John Murra, lo acompañó, como el mismo reconoce: "Nuestra colaboración siguió durante un decenio antes de su muerte: editando, viajando a congresos, insistiendo en el uso del quechua en la radio, pero también asistiendo a congresos profesionales que se reunían en territorios poblados por hablantes del runa simi o el aymara. Como tantos otros, se dio cuenta de que con frecuencia tenía más auditorio en el exterior del país que en Lima"
Un compromiso de un rumano que a los noventa años se marcha dejándonos un gran legado, el de sostener que nuestras culturas fueron incólumes porque tuvieron formas peculiares de ver su entorno y su vida.
 
* Antropólogo, Profesor de la Universidad Nacional Agraria. jocavi@lamolina.edu.pe


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